24 Poema de Mío Cid

El volumen 24 de la colección Clásicos Castellanos está dedicado al Poema de Mío Cid, edición y notas de Ramón Menéndez Pidal.

La lectura online de la obra completa puede hacerse en este enlace a la primera edición publicada en 1913:

 Poema de Mío Cid

Un amplio comentario sobre el Cantar de Mío Cid puede verse en esta entrada de este mismo blog. Contiene audio del poema (con subtítulos), traducción al inglés, ediciones bilingües y múltiples enlaces a estudios y publicaciones.

Colección Clásicos Castellanos

Desde finales del siglo XIX hasta los años treinta del siglo XX, el panorama editorial que presentaba Madrid experimentaba un importante y considerable auge. Ello fue debido, en parte, a la acción modernizadora de la Institución Libre de Enseñanza y la Junta para Ampliación de Estudios, y de ésta el Centro de Estudios Históricos que, presidido por Ramón Menéndez Pidal, emprendía aventuras editoriales basada en el rigor científico.

De entre los muchos proyectos editoriales emanados del Centro de Estudios Históricos, hoy vamos a tratar de la colección Clásicos Castellanos. Se trata de ediciones de obras de la Literatura española, publicadas entre 1910 y 1935, realizadas con la metodología y el rigor filológico del Centro de Estudios Históricos, puesto que los responsables de estas ediciones son eminentes filólogos formados en este organismo institucionista y colaboradores asiduos de éste. No en vano, la escuela pidalina forma filólogos que son al mismo tiempo historiadores y críticos literarios.

El proyecto fue comenzado por dos discípulos de Menéndez Pidal, considerados como la mano izquierda y derecha del maestro: Américo Castro y Tomás Navarro Tomás. Ambos tuvieron como propósito iniciar una importante empresa editorial: la creación de una «biblioteca» de textos clásicos españoles, publicándolos según el criterio y rigor filológico aprendido directamente del magisterio de Menéndez Pidal.

La editorial desde la cual se iba a publicar esta colección estaría respaldada por una empresa ya consolidada, la publicación hemerográfica La Lectura (Revista de Ciencias y de Artes) (1901-1920), tribuna de opinión de un determinado sector de jóvenes liberales y para-institucionalistas desde cuyas páginas expresaban sus ideas sobre cuestiones de reciente actualidad. Fue su director el gijonés Francisco Acebal (1866-1933), hombre formado en la Institución Libre de Enseñanza en la que se distinguió como uno de los más talentosos y entusiastas continuadores; por su constante relación con Giner de los Ríos, y particularmente con José Castillejo, colaboró con asiduidad en la Junta para Ampliación de Estudios, en la que desempeñó el cargo de vicesecretario. Los jefes de redacción de La Lectura fueron el diplomático Julián Juderías, de 1913 a 1917, y el pedagogo Domingo Barnés, de 1918 a 1920, miembro de la denominada «segunda promoción» de institucionistas o también «hijos de Giner». El proyecto de La Lectura quedaba enmarcada por dos ambiciosas empresas culturales, la predecesora La España Moderna (1889-1914) y por la Revista de Occidente (1923); las tres tras crear, primera- mente, una revista, generaron de forma dependiente de ésta una editorial.

En palabras del propio Tomás Navarro Tomás: ‘El plan era que Castro y yo, que aún no habíamos hecho oposiciones ni ganado plaza, nos dedicáramos plenamente a ir dando cada uno dos o tres volúmenes anuales para la colección. La idea respecto a la selección de obras y autores, tipo de comentario en notas y prólogos y hasta tamaño de libro y clase de papel se fue madurando en las reuniones nocturnas que celebrábamos con Acebal, en su casa de la calle de Lista cerca del paseo de la Castellana, Felipe Clemente de Velasco que era el propietario de La Lectura, Américo Castro y yo’.

Impresos en papel pluma, los libros ofrecían una estimable combinación de erudición filológica y divulgación textual. Este empeño editorial se anunciaba en una hoja suelta, un boletín informativo, en el que se detallaban los propósitos de esta «biblioteca» de obras clásicas de la Literatura española: ‘mediante ediciones de moderna traza que sumen estos tres esenciales elementos: perfección técnica, esmero material y extraordinaria baratura’.

Al emprender esta publicación se proponían no sólo difundir nuestra riqueza literaria en volúmenes de formato moderno, como ya era usual y corriente en países como Francia, Inglaterra, Alemania o Italia; sino que estos textos se convirtieran en ediciones claras, correctas, con una precisión y conciencia filológicas. Era la explicación y «praxis» de los objetivos aprendidos por una generación en el Centro de Estudios Históricos alrededor de don Ramón Menéndez Pidal. La novedad que presentaba esta colección de Clásicos Castellanos consistía más en la forma de realizar el trabajo (fijación del texto, anotaciones e introducciones) que en el hecho de publicar determinadas obras. En el citado boletín de información se expresa la declaración de principios editoriales y de propósitos filológicos:

LOS TEXTOS de nuestra Biblioteca será reproducción de ediciones princeps y, siempre que sea posible, de los manuscritos originales, inspirándose, en lo que concierne a la ortografía de los autores más antiguos, en un escrupuloso criterio que armonice el respeto debido a las últimas investigaciones críticas y filológicas con la facilidad y aún la conformidad de la lectura para todos.

LAS NOTAS puestas al pie de cada página tienden a aclarar, con la parquedad y sencillez posible, las dificultades de mayor bulto que ofrezca el texto. Se servirán estas Notas de ejemplos sacados del vocabulario del mismo autor, o de un autor del mismo tiempo, para comentar filológica o literalmente el pasaje difícil o la frase obscura. En otro caso se recurrirá a la explicación meramente histórica.

LAS INTRODUCCIONES que acompañarán a cada obra han de estar asimismo encaminadas a la difusión de nuestras joyas literarias y comprenderán, por consiguiente, con mucha sobriedad, las más esenciales noticias sobre la vida y las obras de cada autor. En los casos en que el interés de los problemas suscitados lo aconsejara o lo impusiera, la Introducción será, no sólo el esbozo bibliográfico, sino, además, estudio de la significación del autor, o de la obra, considerados en relación con su tiempo.

La sucesiva publicación de obras clásicas, iniciada por Tomás Navarro Tomás y Américo Castro, comportó por cuestiones profesionales y personales de éstos la colaboración de otros filólogos formados directamente por Menendez Pidal o dependientes de otras secciones del Centro: el propio don Ramón, Federico de Onís, el escritor director teatral Cipriano de Rivas Cherif, Vicente García de Diego, el dialectólogo Matías Martínez de Burgos, Gómez Ocerín, Samuel Gilí Gaya, valioso colaborador de Navarro Tomás, el tempranamente malogrado por la muerte Antonio García Solalinde, José Moreno Villa poeta y creador y colaborador en la sección de Arqueología, Pedro Salinas poeta-profe- sor, el investigador literario José Fernández Montesinos, Manuel Azaña futuro presidente de la Segunda República Española.

A esta nómina se fueron añadiendo, por la necesidad imperativa que tenía la editorial de seguir con la publicación de los anunciados títulos «en preparación», una serie de figuras del mundo literario español e hispanoamericano, eruditos de diversa formación investigadora, críticos, historiadores y profesores extranjeros que continuaron sui generis la colección de Clásicos Castellanos: Víctor Said Armesto, Narciso Alonso Cortés, Federico Ruíz Morcuende, Ramón M. Tenreiro, José R. Lomba y Pedraja, J. Domínguez Bordona, José M. Salaverría, Francisco Rodríguez Marín, que aportaba la apostilla prestigiosa «de la Real Academia Española», el jesuíta secularizado Julio Cejador y Frauca, Agustín Millares Cario, paleógrafo, el erudito Pedro Sáinz Rodríguez, el historiador Ángel Valbuena Prat, Agustín Cortina, profesor argentino, el escritor mejicano Alfonso Reyes, el presbítero José M. Aguado y el agustino P. Félix García. Ello comportó, además, una nueva idea de «obra clásica», ya que por tal no solamente eran considerados los textos de la época medieval, los de los Siglos de Oro y los del período ilustrado de nuestra literatura, sino que a lo largo de los ciento cinco volúmenes publicados, progresivamente y sin muestra de ruptura, bajo esta concepción nueva fueron apareciendo obras del período final del Romanticismo y de la época última del siglo xx, de autores contemporáneos ya consagrados, ya «clásicos».

El texto anterior está extractado de ‘PROPÓSITOS FILOLÓGICOS DE LA COLECCIÓN CLÁSICOS CASTELLANOS DE LA EDITORIAL LA LECTURA (1910-1935)‘, Antonio Marco García, Universidad de Barcelona, ponencia en el X Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas (Barcelona, agosto de 1989).

Puede verse una ‘Biografía de La Lectura (1901-1920)‘ de Luis S. Granjel, en el número 272, páginas 306-314, de Febrero de 1973 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

Enlace a la Colección Clásicos Castellanos 50.

La Serrana de la Vera, de Luis Vélez de Guevara, ed. Menéndez Pidal-Goyri, 1916

A finales de 2013, la Fundación Ramón Menéndez Pidal inició con esta obra la producción de la Biblioteca Digital InteractivaRamón Menéndez Pidal, con el objetivo de facilitar el acceso a la obra del eminente filólogo e historiador, a través de la constitución de un repositorio digital de carácter abierto.

 

 Biblioteca Digital Interactiva
Dada la envergadura de este proyecto, la Fundación está en la permanente búsqueda de los apoyos institucionales, públicos y privados, que le permitan desarrollar esta tarea que ahora se inicia y para la que desea la colaboración de investigadores y otros colectivos, interesados en preservar y difundir esta pequeña parte de la cultura española.

Esta edición digital de La Serrana de la Vera respeta puntualmente la edición de 1916, que conserva los rasgos significativos propios de la lengua clásica: vacilaciones en el timbre de las vocales átonas, empleo anárquico de los grupos consonánticos, aglutinaciones de la preposición de con pronombres y demostrativos, asimilación de la -r del infinitivo con la l- de los pronombres enclíticos, metátesis de la -d
del imperativo con la l- del enclítico… y, en general, otros rasgos como: concordancias anómalas, regímenes preposicionales, valor desusado de las conjunciones, acepciones etimológicas, registros de germanía, etc.

 La Serrana de la Vera

Además del texto de Vélez, la edición de 1916 contiene un capítulo inicial titulado Advertencia y otro llamado Observaciones y Notas. El capítulo de Observaciones es el estudio de la obra que realizó el matrimonio Menéndez Pidal, el cual aparece a continuación del texto teatral en dicha edición. El capítulo de Notas cierra la edición de 1916 y, al tratarse de anotaciones referidas a determinados versos de la obra, sin llamada desde el texto, hacía difícil su oportuna lectura. Para mejorar la experiencia lectora, la edición digital incorpora tanto las Notas al final del libro, como las notas paleográficas que figuran a pie de página, en llamadas desde el texto, mediante uno o dos asteriscos que, al situar el cursor sobre los mismos, abre una ventana con la anotación referida.

Esta edición digital incorpora una serie de funciones interactivas que facilitan la lectura y la navegación dinámica a lo largo del libro digital:

  • Navegación: en la parte izquierda de la pantalla existe un menú de opciones que se abre y cierra a voluntad del lector. Cuando está desplegado, muestra las siguientes opciones:
    – TEXTO ED. 1916: acceso al inicio del libro digital.
    – OBSERVACIONES: ir al capítulo de Observaciones, estudio de la obra realizado por los autores.
    – MANUSCRITO: permite ver, página a página, el manuscrito de la obra de Vélez, al cual se refieren muchas de las anotaciones a lo largo de la obra.
    – ESTADÍSTICAS: presenta una serie de datos de la obra, como son: estructura, versos, acotaciones, apartes, métrica, intervenciones de personajes…
  • Índice de navegación:
    – DATOS DE LA EDICIÓN: se navega al documento explicativo de la edición digital.
    – PERSONAJES: se navega a los personajes del ACTO PRIMERO.
    – ACTO PRIMERO: se navega al inicio del primer acto.
    – ACTO SEGUNDO se navega al inicio del segundo acto.
    – ACTO TERCERO: se navega al inicio del tercer acto.
  • Marcas visuales:
    – PAGINACIÓN ED. 1916: muestra sobre el texto los números de páginas correspondientes a la edición de 1916.
    – ACOTACIONES:  resalta todas las acotaciones de la obra.
    – APARTES: resalta los apartes incluídos en el texto.
    – VERSOS PARTIDOS: muestra con otro color todos los encabalgamientos, distinguiendo verso inicial, medio y final.
    – MOSTRAR MÉTRICA: muestra el nombre de cada forma métrica al inicio de cada una de ellas.
  • Funciones interactivas en el texto:
    – Una de las novedades de esta edición digital interactiva es la posibilidad de realizar anotaciones sobre el texto. Para ello, se selecciona una palabra o un párrafo y se pulsa sobre el icono para realizar la anotación en una ventana que aparece en pantalla. Una vez guardada la anotación, la palabra o párrafo anotados quedarán resaltados con otro color y la anotación asociada aparecerá de nuevo situando el cursor sobre el texto resaltado.
    – Icono ‘M’: pulsando sobre este icono se muestra la página correspondiente al manuscrito de la obra.
    – ‘*’: situando el cursor sobre un asterisco de llamada en el texto, aparece una ventana con el contenido de la anotación a pie de página de la edición de 1916.
    – ‘**’: situando el cursor sobre dos asteriscos de llamada en el texto, aparece una ventana con el contenido de la nota al final de la edición de 1916.
    – (Nº): situando el cursor sobre un número entre paréntesis, aparece la anotación que, en ocasiones, llevan numeración en las notas a pie de página de la edición de 1916.
  • Volver: vuelve a la página de la Biblioteca Digital Interactiva de la Fundación.
Edición digital basada en la de Teatro antiguo español. Textos y Estudios, I: Luis Vélez de Guevara, La serrana de la Vera, publicada por Ramón Menéndez Pidal y María Goyri de Menéndez Pidal, Madrid, Centro de Estudios Históricos, 1916. 

© Fundación Ramón Menéndez Pidal.

Cantar de mío Cid

La Universidad de Texas tiene una deliciosa edición digital del Cantar de mío Cid, obra considerada como la primera de la literatura española en una lengua romance. El alto valor literario de su estilo y su importancia histórica y filológica han hecho que sea una de las obras más estudiadas desde su creación.

 Cantar de mío Cid

Esta edición digital es muy completa, ya que contiene una introducción a la obra, los criterios de pronunciación, la transcripción paleográfica, la transcripción normativa, la transcripción al inglés, el audio completo (con subtítulos), comentarios y notas en inglés y las imágenes de cada página del manuscrito.

 Audio con subtítulos

De los mismos autores puede verse también esta web de las Mocedades de Rodrigo (‘The Youthful Deeds of Rodrigo’). Contiene el audio completo (1 hora 43 minutos) leído en castellano del siglo XIV y la transcripción del poema según el manuscrito único que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia en París).

Por su parte, el manuscrito único del Cantar de Mío Cid se encuentra en la Biblioteca Nacional de España desde su donación el 30 de diciembre de 1960 por parte de la Fundación March.

Debemos sobre todo a don Ramón Menéndez Pidal, el haber dado a conocer el Cantar de mío Cid al mundo de la erudición en su edición de 1908 y haber hecho posible también que este primitivo cantar pueda ser desde entonces comprendido y apreciado por el lector no especializado. Esta obra de Menéndez Pidal, Tomo I: Crítica del texto y Gramática [1908]; Tomo II: Vocabulario [1911]; Tomo III: Texto del cantar [1911], Bailly-Baillière e Hijos, Madrid, 1908-1911, puede leerse online aquí.

 Cantar de mio Cid, Ramón Menéndez Pidal

En la actualidad, cualquier mención al Cantar de mío Cid estaría muy incompleta si no incluyera también los trabajos de Diego Catalán Menéndez-Pidal. En particular me refiero a dos obras extraordinarias, ambas disponibles para su lectura online:

Para conocer el alcance e importancia de ambas obras, citaremos el artículo de Inés Fernández Ordoñez, “Un Filólogo… con inclinación a la Historia. Memoria de Diego Catalán Menéndez-Pidal (1928-2008)“:

“Consciente de que los historiadores alteran sus fuentes de acuerdo con sus intereses y mentalidad, y conocedor como pocos del “lenguaje” de la literatura de transmisión oral, Diego estudió en La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación el testimonio indirecto que sobre la épica española aportan las fuentes historiográficas, latinas y romances, para juzgar, con resultados asombrosos, qué puede estimarse de origen poético o no en ellas.

Una de las grandes novedades de este libro es la superación de un viejo prejuicio de la escuela pidalina: el de creer en el valor “histórico” de la epopeya o de los relatos cronísticos. Si algo nos enseña Diego Catalán es que el valor “histórico” que debemos conceder a esos testimonios no es otro del que tienen como construcciones literarias al servicio de intereses o preocupaciones de personajes o grupos sociales, tal como muestra de forma magistral en su estudio sociopolítico del Poema de Mío Cid o en la forma en que fue utilizado el personaje por la Crónica de Castilla (estudios que reunió con otros de sesgo puramente histórico sobre la Navarra del siglo XII en el libro El Cid en la historia y sus inventores.”

Finalmente, de entre las muchísimas ediciones del Cantar, citaremos tres ediciones disponibles online:

El Romancero, en homenaje a Diego Catalán

España es tierra de precursores
que se anticipan para luego 
quedar olvidados…
Ramón Menénedez Pidal (1869 – 1968)
Todos recordamos las aburridas clases de literatura española que, año tras año, comenzaban explicando los cantares de gesta, el romancero y, enseguida, el siglo de oro, al que dedicábamos meses poco más que memorizando obras y autores. Al final del curso, pasábamos de puntillas por los escritores de los siglos XIX y XX, que no solían entrar en el examen porque se veían durante la última semana de clase, deprisa y corriendo.
En este contexto, el romancero se nos presentaba como algo arcaico, pre-literario, que, afortunadamente, dejó de tener interés tras la introducción de la imprenta y la fijación del texto en caracteres en negro sobre blanco, para disfrute solamente de eruditos y estudiosos… Nada más lejos de la realidad.
Una lástima no haber tenido la oportunidad de conocer en el bachillerato que, desde principios del siglo XX, Ramón Menéndez Pidal y su esposa María Goyri, habían hecho grandes descubrimientos sobre tradición oral en las lenguas romances ibéricas: español, portugués, gallego, catalán y sefardí. Además, habían iniciado una escuela de filólogos que desarrollaron y ampliaron sus ideas e hicieron que el siglo XX viera la publicación de muchos estudios sobre el romancero, su tradicionalidad y permanente actualidad.
Una de las grandes figuras en este campo es Diego Catalán (1928 – 2008), nieto y heredero de la labor de Ramón Menéndez Pidal, cuya originalidad y espíritu independiente le hicieron adelantarse a su tiempo y, por eso mismo, convertirse en infatigable luchador contra la sinrazón y la injusticia. Condenado al ostracismo por la cultura oficial a lo largo de toda su vida, Diego Catalán merece un lugar destacado al lado de los grandes filólogos e hispanistas de todos los tiempos. Infatigable trabajador, la extensión de su obra y su calidad puede empezar a disfrutarse online en las páginas web, que él mismo creó, de Historia del Olivar de Chamartín y El Romancero de la Cuesta del Zarzal. La lectura de su Arte poética del romancero oral (Parte I) y (Parte II) explica la tradición oral y la pervivencia del romancero. Muchas gracias a ‘Amigos del Olivar de Chamartín’ por continuar la publicación de su blog
Recomiendo muy encarecidamente escuchar online el ciclo de conferencias de Diego Catalán, ‘El Romancero, hoy’ en la Fundación March, Madrid 1981, que luego incluiría en la Parte II de su libro Arte poética del romancero oral. Su primera conferencia, titulada Hallazgo de una poesía marginada, del 12 de mayo de 1981, incluye el audio de un romance cantado. Precisamente, la función de los cantores de romances, es decir, la idea del romancero cantado, es clave para entender la variabilidad creativa y la conservación de la herencia tradicional oral: no se trata de reliquias del pasado, sino de creaciones vivas, permanentemente abiertas a la actualización, gracias al genio popular.
Diego Catalán fue también un gran defensor de los derechos fundamentales en Internet. Intuyo que incluso establece un cierto paralelismo entre tradición oral e Internet. Ambos mundos comparten un mismo paradigma basado en el concepto de apertura. La tradición oral se caracteriza por la apertura de significado y significante. Internet añade, además, la universalidad a través de los motores de búsqueda: una vez en la nube de Internet, los contenidos están disponibles globalmente y nadie puede ser condenado al ostracismo. Quizás la cultura oficial pueda seguir ignorando algunos contenidos, pero no la cultura popular. No es este el lugar para desarrollar más estas ideas, así que lo dejaré para otro post.
Los trabajos de Ramón Menéndez Pidal y María Goyri, a partir de 1900, ganaron un impulso fundamental al descubrir, en su recorrido por la ruta cidiana durante su viaje de novios, que los romances seguían estando vivos en la tradición oral de la cultura popular en Castilla. En 1979, algo similar le ocurrió a Maximiano Trapote en La Gomera al descubrir que, en esta isla canaria, los romances seguían vivos en los cantos de las fiestas populares y romerías. Tanto es así que, para Trapote, la isla de La Gomera es la reserva natural del romancero. Buena parte de sus trabajos están disponibles online en el Archivo de literatura oral de Canarias. Puede verse el video de Trapote durante su discurso en el día de Canarias de 2002, titulado: el Romancero de La Gomera.
De forma similar, la Fundación Joaquín Díaz lleva desde hace décadas trabajando en la conservación y estudio de la cultura popular. Desde su sede en Urueña (Valladolid) continúa una labor incansable, cuyos frutos pueden verse online en su página web y en sus fondos en Cervantes Virtual. La labor de Joaquín Díaz difundiendo y conservando las tradiciones castellanas es extraordinaria. En YouTube pueden escucharse muchos romances cantados por este gran folclorista. He aquí un ejemplo de su extenso repertorio, Bernal Francés:


A nivel mundial, existen también muchas iniciativas de estudio del romancero español. Por citar un par de ejemplos, puede verse el Pan Hispanic Ballad project (English/Spanish) alojado en la Universidad de Washington y la web Journal of oral tradition.
La labor de Diego Catalán quizás haya quedado temporalmente interrumpida, pero estoy convencido que hay muchas manos dispuestas a continuar su labor científica, desde sus mismos valores éticos y de compromiso con la ciencia. 
A continuación, insertamos dos versiones de dos romances. El primero fue muy popular durante el siglo XVI y todavía se canta en algunos lugares: 
    Romance de la muerte del Príncipe Don Juan
       Tristes nuevas, tristes nuevas
    que se cuentan por España:
    que ese príncipe don Juan
    está malo en Salamanca, 
    que cayó de su caballo 
    a las puertas de su amada
    por cortar un ramo verde
    y ponerlo a su ventana.
    Siete doctores lo cuidan
    de los mejores de España;
    miran unos para otros,
    dicen que su mal no es nada.
    Sólo falta por venir                                   
    aquel doctor De la Parra
    Estando en estas razones
    cuando a la puerta llegaba
    cabalgando en mula prieta,
    collar de oro en la garganta.
    Hincó la rodilla en tierra
    y la lengua le mirara;
    trae solimán en el dedo
    y en la lengua se lo planta.
    Luego que le toma el pulso
    de esta manera le habla:
    – Confiésese Vuestra Alteza,
    mande ordenar bien su alma.
    Tres horas tenéis de vida,
    la una ya va pasada.
    Estas palabras diciendo
    el Rey su padre llegaba:
    – ¿Cómo te va, hijo mío,
    regalo de la mi alma?
    – Bien me va, mi padre, bien,
    porque Dios así lo manda;                                                    
    no lo siento por mi muerte
    que de morir nadie escapa.
    Pésame de mi esposita,
    es niña y queda preñada.
    Si la infanta pare niña,                                        
    reina es de Salamanca;
    si la infanta pare niño,
    rey será de toda España.
    Si se quiere ir a su tierra,
    enviármela acompañada,
    que no digan sus parientes
    que quedó desamparada;
    de las arras que le di
    por Dios no le quitéis nada,                                          
    si no es el anillo de oro
    que le di de enamorada,
    ése mando que lo den
    a mi hermana doña Juana.
    – ¡Arredraos, caballeros,
    que ahí viene la enamorada,
    desmelenado el cabello,
    el rostro bañado en agua!
    – ¿Dónde vienes, la mi luna?,
    ¿dónde vienes, la mi alma?
    – Vengo de San Salvador
    de oír la misa del alba,
    de pedir a Dios del cielo
    te levante de esa cama.
    – Sí me levantaré, sí,                                                        
    el lunes por la mañana,
    en un ataúd de pino                                                        
    y una sábana de Holanda;
    me llevarán a la iglesia
    mucha gente en mi compaña;
    tú te quedarás llorando
    muy triste y desconsolada.
    – Amante del alma mía,
    amante mío del alma,
    tomarás esta perita
    en vino blanco mojada
    – Sí la comeré, mi esposa,
    por ser de tu mano dada.
    Juntaron rostro con rostro,
    juntaron cara con cara.
    Llora el uno, llora el otro,
    la cama riegan en agua.
    – ¡Ay de mí, triste viuda,
    viuda recién casada!
    ¡Con seiscientos caballeros
    yo pasé la mar salada,
    ahora la pasaré sola,
    triste y desconsolada!
    El suegro que a punto estaba
    luego acudió a levantarla:                   
    – ¡Arriba, arriba, mi nuera,
    no quedas desamparada!
    Tuvo fortuna la niña:
    no quedó desamparada,
    que él murió a la media noche,
    la niña al riscar el alba.  
Puede verse la disertación de Diego Catalán sobre este romance en el audio de su discurso en la Fundación March, Madrid, 14 de mayo de 1981, bajo el título ‘Apertura de significados en el romancero del siglo XX
El siguiente romance figuraba en todos los textos escolares: el bello y conocido romance del Conde Arnaldos, en versión en español e inglés:
  ¡Quién hubiese tal ventura
sobre las aguas del mar
como hubo el conde Arnaldos
la mañana de San Juan!
Con un falcón en la mano  
la caza iba a cazar;
vio venir una galera
que a tierra quiere llegar.
Las velas traía de seda,
la jarcia de un cendal;  
marinero que la manda
diciendo viene un cantar,
que la mar facía en calma,
los vientos hace amainar;
los peces que andan nel hondo,
arriba los hace andar;
las aves que van volando,
nel mástil las faz posar.  
Allí habló el conde Arnaldos,
bien oiréis lo que dirá:
«Por Dios te ruego, marinero,
dígasme ora ese cantar.»
Respondióle el marinero,  
tal respuesta le fue a dar:
«Yo no digo esta canción
sino a quien conmigo va.»
Count Arnaldos
Who could have had such a good fortune
on the waters of the sea,
as did Count Arnaldos
on the morning of Saint John’s day!
With a falcon in his hand
he went out hunting,
and saw a galley
aproaching the land;
its sails were made of silk,
and its rigging of pure sendal;
the sailor at his helm,
came singing a song
which calmed the sea,
and made the winds drop,
and made the fish from the deep
swim near the surface,
and the birds flying above
came to perch on the mast.
Then spoke Count Arnaldos,
hear what he had to say:
“For God’s sake, sailor,
tell me your song .”
The sailor replied,
this is what he said:
“I do not tell my song but
to those who would go with me.”
Otras referencias a páginas relacionadas con el romancero:
Por último, dos ediciones clásicas del siglo XIX: el Romancero General de Agustín Durán y la Primavera y Flor de Romances de Wolf, para ser leídos online en archive.org:
 

Arqueología del texto

Se denomina ecdótica o crítica textual a la ciencia que tiene por cometido editar textos de la forma más fiel posible al original o a la voluntad del autor. Para ello se vale de ciencias auxiliares como la codicología, la paleografía y la filología. Las ediciones que se realizan con criterios ecdóticos se denominan ediciones críticas o ediciones filológicas.
La ecdótica es de singular importancia para la edición de textos transmitidos de manera fragmentaria o incompleta, cuyo original puede haber desparecido, y de los que sólo poseemos copias que a menudo difieren entre sí. Se aplica a la reconstrucción de textos que han sido deturpados por el paso del tiempo, la tradición manuscrita, la pérdida de originales, la ausencia de copias fiables, etc. Desde este punto de vista, la ecdótica puede considerarse la arqueología del texto.
He aquí un ejemplo que aparece en un artículo titulado: ‘EDITAR EL TEATRO DEL FÉNIX DE LOS INGENIOS’ de Maria Grazia Profeti, de la Università degli Studi di Firenze, en el IV Congreso Internacional Lope de Vega: El Lope “de senectute” (2002), organizado por el Grupo de Investigación Prolope.
En la Dama boba, Liseo llega a la casa de Otavio para conocer a su prometida Finea; asistimos a un intercambio de cumplidos entre el viejo padre y el pretendiente:
          Otavio       ¿Cómo venís del camino?
          Liseo         Con los deseos enoja;
                           que siempre le hacen más largo                  (vv. 935-37)
Esta es la lectura, basada en el ms. autógrafo, que todas las ediciones modernas repiten. 
Nota: en el manuscrito de Lope de Vega, el texto mencionado aparece así:

Ya resulta evidente cómo los editores han interpretado el fragmento: el camino parece más largo, y “enoja”, “aburre”, cuando se tienen deseos de llegar. De la primera oración a la segunda el sujeto cambia: el de la primera es “camino” (el camino enoja con los deseos), derivado de la interrogación anterior; el de la segunda es “deseos” (los deseos hacen más largo el camino); existen dos verbos distintos, “enojar” y “hacer”; el “que” tiene valor causal: “pues los deseos hacen siempre el camino más largo”. Con esto Liseo aparece como un novio impaciente. 
Pero en el texto que nos transmite la Parte IX de Lope el fragmento reza:
          Otavio        ¿Cómo venís del camino?
          Liseo          Con los deseos en hoja,
                            que siempre le hacen más largo.

Y el significado cambia radicalmente: los deseos que están naciendo (es decir, que no han llegado a su cumbre, que no han florecido, ni han dado fruto) hacen el camino más largo. El “que” es ahora relativo; la puntuación tendrá por lo tanto que cambiar, y bastará una coma para separar la relativa de la oración principal, que se tendrá que interpretar como regida por un verbo implícito, consiguiente del verso anterior y de la pregunta de Otavio: “Yo vengo con los deseos en hoja”. Con esta afirmación el prometido se muestra bastante tibio hacia Finea; y en efecto le vemos arrepentido de su pacto matrimonial desde que se entera, en los vv. 117-184, de que se trata de una dama muy poco inteligente. Así, bajo una fórmula de cumplido y con una evidente dilogía, Liseo sugiere lo que había afirmado rotundamente en los vv. 175-176: “Que me ha de matar, sospecho / si es necia”. No hace falta que subraye que esta segunda lectura, la más refinada desde un punto de vista interpretativo, desde el ecdótico tiene carácter de difficilior.

Hasta aquí el ejemplo de la profesora Profeti. Desde luego si este es el trabajo de edición ecdótica, lo menos difficilior es el nombre.
Pero me parece un trabajo divertido, enfin.

Lectura de autores antiguos

Como lo primero es lo primero, quizás sea interesante recuperar en este blog a los maestros de los clásicos españoles.

En primer lugar, a Don Marcelino Menéndez Pelayo y su discípulo Don Ramón Menéndez Pidal. Del segundo gran filólogo, en concreto del prólogo a la edición de 1917 de su libro Antología de Prosistas Castellanos, transcribo aquí algunos párrafos de especial relevancia para todo aquel que se acerque a la lectura de libros clásicos.
Dice Menéndez Pidal:
“… Es útil la lectura de un autor antiguo, porque su pensamiento puede instruir y educar el nuestro; mas, para que esto tenga lugar, es preciso comprender sus ideas, no en lo que tienen de común a muchos tiempos, lugares y gentes, sino en aquello más escondido y particular propio de tal época, tal región o tal persona, que, comparado con lo que tenemos delante y habitualmente nos rodea, nos ayuda a apreciar mejor lo que esto tiene de bueno o de malo, de pasajero o de permanente, dando seguridad y madurez a nuestro juicio. Por esto el comentario del autor antiguo se debe fijar en lo que la obra comentada difiere más de lo actual, en lo que tiene de más peculiar, por menudo que parezca; pues sólo conseguimos comprender bien el pensamiento de un autor cuando llegamos a entender el sentido especial con que él escribió cada palabra; representándonos en nuestra imaginación lo mismo que él en la suya tenía presente al escribir; en suma, cuando reconstruímos en nuestro entendimiento las menores circunstancias particulares del tiempo y lugar en que fué escrita la obra, cuando llegamos a despertar en nosotros la impresión que los pormenores y el conjunto de la misma hicieron en los contemporáneos del autor cuando la leían.
Claro que es muy difícil siempre acercarse a este ideal (…); pero, de todos modos, es preciso que las observaciones gramaticales, retóricas y literarias que continuamente han de surgir en la lectura de los clásicos, no se descarríen por el terreno de las consideraciones abstractas y tomen un aspecto principalmente histórico.”
Y añade una importante ‘ADVERTENCIA SOBRE LA LENGUA MEDIEVAL’
“La antigua lengua castellana, aunque no difiere considerablemente del español moderno, presenta, como es de suponer, bastantes caracteres distintos. Por de pronto diremos sólo que, en cuanto a la pronunciación, la lengua antigua era más rica en sonidos que la moderna.
Distinguía una s sorda y otra sonora (con análoga diferencia que la que existe en francés entre poisson y poison); la s sorda se escribía doble entre vocales (passar, escriviesse) y sencilla cuando era inicial o iba tras consonante (señor, mensage) o delante de consonante sorda (estar, España); la s sonora se escribía sencilla entre vocales (casa, cosa).
Distinguía también la ç (o ce, ci), sorda, de la z sonora; aquélla era un sonido parecido al que hoy pronunciamos en za, ce, ci, zo, zu; y la z antigua era el mismo sonido, pero acompañado de sonoridad en las cuerdas vocales. Por la pronunciación y la ortografía se diferenciaban, por un lado: hace, haces, singular y plural del sustantivo moderno «haz», y por otra parte: haze, hazes, del verbo «hazer», moderno «hacer».
Se distinguían también la sorda x de la sonora j (con análoga diferencia a la que existe en el francés entre las iniciales de chambre y de jour). Por la pronunciación y la ortogratía se distinguían antes: rexa de ventana y reja de arado.
Se distinguían también una b oclusiva, es decir, pronunciada juntando completamente los labios, como cuando pronunciamos hoy con energía el imperativo basta, y una v meramente fricativa, pronunciada con los labios a medio cerrar solamente, como cuando hoy decimos saber, ave. La distinción existe, pues, hoy día; pero hoy la pronunciación de una u otra b no se atiene a la ortografía, ya que ésta escribe ora b ora v, según la escritura latina, sin atender a la pronunciación moderna; además la distinta pronunciación hoy depende sólo de la posición más o menos débil de la consonante (oclusiva, cuando va inicial o tras consonante: basta!, ven!, ambos, envidia; fricativa, cuando va entre vocales: la bestia, la voz, haber). Por el contrario, en la lengua antigua la pronunciación de la b o la v dependía de la etimología de la voz, y a veces entrañaba diversa significación en los vocablos: cabe, cave, de los verbos «caber» y «cavar», se distinguían antes por la pronunciación, hoy tan sólo por la ortografía; y antiguamente se escribía y se pronunciaba la v en muchos vocablos que hoy se escriben con b, como cavallo, bever, y viceversa bivir, bívora.
Si en la lectura no se acierta a producir o no se quieren hacer estas distinciones, pronuncíense la ss y la s como la s moderna; la ç y la z, como la z moderna; la x y j, como la j moderna; la b y la v, como la b moderna.”
Gracias a Menéndez Pidal, la lectura del manuscrito de Lope de Vega (ver entrada) es ahora mucho más fácil.
Seguiré recurriendo a su sabiduría para deleite de mis lecturas y de las de aquellos improbables lectores de blogs de libros clásicos españoles.